Por :Indira Rosas
Cuando el suelo de la región central y costera de Venezuela se estremeció el pasado 24 de
junio, el movimiento no solo alteró la geografía visible de calles, viviendas, escuelas y
comunidades. También conmovió una geografía más profunda: la de los vínculos humanos
y las certezas habituales. El sismo golpeó el entramado de un país que acumula años de
fragilidad, precariedad y la erosión invisible de una emigración masiva. El evento telúrico
operó como un revelador químico de nuestras vulnerabilidades previas.
Y es que un terremoto no irrumpe únicamente en el concreto. Irrumpe en la mesa familiar,
en la intimidad de los aposentos, en la escuela que marcaba la rutina de una comunidad,
en la calle que era punto de encuentro, en el cuerpo de quien sobrevivió y en el silencio de
quienes ya no están. Por eso, hablar de una emergencia humanitaria exige más que
enumerar daños materiales o contabilizar insumos. Exige nombrar con respeto a las
personas fallecidas, acompañar con delicadeza a sus familias, reconocer el desarraigo de
quienes debieron abandonar sus hogares y atender también a quienes, aun conservando
la vida y parte de sus pertenencias, perdieron algo esencial: la indefectible certidumbre
que sostenía una cotidianidad.
En las primeras horas, la respuesta ciudadana fue inmediata, decidida y profundamente
humana. Los unos abocados por la vida de los otros, sin convocatoria, sin trámites, sin
demora. Hubo manos removiendo escombros, vecinos llamando a otros vecinos,
personas ofreciendo vehículos, agua, alimentos, medicinas, herramientas y tiempo. La
solidaridad apareció primero como impulso, como reflejo humano ante el sufrimiento
cercano. Y lo hizo en múltiples formas que continúan hasta hoy: jóvenes —cientos de
jóvenes—, equipos de rescate foráneos y locales, parroquias, iniciativas empresariales,
fundaciones y ciudadanos que decidieron no permanecer indiferentes. Cada una de esas
expresiones ha sido parte indispensable de una respuesta colectiva que sigue
escribiéndose día tras día. Jóvenes —cientos de jóvenes—, una y otra vez.
En sintonía con estos movimientos civiles de voluntarios, donantes y rescatistas, las
instalaciones de obras vinculadas a la Compañía de Jesús empezaban también a
activarse: recibir insumos, registrar solicitudes y organizar equipos. Lo que inicialmente
era un esfuerzo de acopio se convertiría, en unos pocos días, en una operación
humanitaria para conectar la ayuda con las necesidades concretas de los afectados.
El centro del quehacer jesuita ha consistido en poner al servicio del esfuerzo colectivo una
extensa red de personas, obras educativas, parroquias y capacidades organizativas. Allí
donde la solidaridad movilizaba voluntades, fue posible crear espacios para ordenar
recursos; allí donde surgían necesidades urgentes, fue posible articular mecanismos para
identificarlas y atenderlas con continuidad sostenida.
Ingeniería de la compasión
Las operaciones de acopio de la Compañía de Jesús comenzaron en las instalaciones de
la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y del Centro de Reflexión y Planificación
Educativa (CERPE) durante las primeras e inciertas horas posteriores al sismo, entre el
jueves y el domingo. Allí se recibieron los aportes espontáneos de una ciudadanía
conmovida y de algunas empresas nacionales que tradujeron la conmoción en respuesta.
Sin embargo, a partir del lunes 29 de junio, ante el crecimiento de la necesidad y la escala
de la respuesta que se perfilaba, el centro de gravedad de la operación se trasladó al
Colegio San Ignacio. Al frente de este engranaje civil y humano, liderado por los sacerdotes
Jesús Rodríguez y Daniel Figuera, fueron llamados Ana Teresa De Sola, Jorge Arias, Daniel
Mata y Luis Guevara. La tarea de estos últimos, más allá de la organización logística del
acopio, consistía en dotar de un sentido institucional e ignaciano a la solidaridad que se
iba consolidando en el interior del colegio. Conversando con ellos se descubre que la
gestión de la emergencia devino muy pronto en una profunda reflexión sobre la dignidad
del receptor.
«No se trató solamente de mudar cajas de un lugar a otro», evoca Jorge Arias,
reconstruyendo las horas en que el patio escolar mudó su vocación lúdica por la del
resguardo. «Fue el inicio de una transformación operativa: pasar de un espacio de
recepción solidaria a una estructura logística capaz de ordenar, clasificar, registrar,
custodiar y despachar ayuda de manera responsable, eficaz y transparente».
Ni Ana Teresa ni Jorge provenían del mundo de la logística industrial, y el aprendizaje de
aquella arquitectura de crisis debió hacerse a la velocidad del trauma. En esas primeras
jornadas, las donaciones superaban la capacidad inmediata de recepción y conteo
manual. Gestionar la emergencia implicó asomarse al vértigo de la logística de inventarios
heterogéneos y aprender a tomar decisiones cruciales bajo el peso de la incertidumbre.
Los profesores Daniel Mata y Luis Guevara, y el Padre Orbegozo, aportaron su guía y
presencia para acompañar el despliegue diario, transformando el desconcierto inicial en
un esfuerzo compartido de contención y orden. En una emergencia, el orden no es un asunto administrativo menor. El orden es, en sí mismo, una forma de respeto. Cada caja que se recibe representa el voto de confianza de quien dona y la fragilidad doliente de quien espera. Cada medicamento exige una revisión
meticulosa; cada alimento debe organizarse según su tipo; cada voluntario requiere un
orden que multiplique su esfuerzo y proteja su entrega; cada despacho debe responder a
una solicitud validada en el terreno, a una comunidad identificada en su urgencia, a una
prioridad real. La compasión, para ser justa y transformadora, necesita método.
Ese aprendizaje se hizo particularmente evidente la noche del viernes 3 de julio, con la
llegada de cinco contenedores procedentes de República Dominicana. La descarga de
aquel tonelaje de auxilio movilizó a más de 400 personas de la comunidad ignaciana:
niños, jóvenes y adultos, familias enteras, antiguos alumnos y personal del colegio; un
cuerpo diverso de voluntarios con distintas capacidades, pero con una idéntica e
inquebrantable urgencia en el pecho. Fue una noche intensa, física, marcada por el
apremio de resguardar los insumos y ponerlos, cuanto antes, al servicio de la vida.
La escena de esa noche contenía la belleza de los milagros cotidianos: una comunidad
entera respondiendo al llamado desde la presencia física, el rezo silencioso hecho acción
para el cuidado mutuo. Hubo hombros que compartieron el peso, manos que se
encontraron en el traspaso de los bultos, trajín, afán y cansancio compartido. En medio de
ese movimiento material y humano, Jorge y Ana Teresa asumieron las riendas de una
logística titánica que les salía al paso; entendiendo allí que la generosidad necesita
organización, y que el amor al prójimo necesita de la inteligencia técnica para no agotarse
ni perder efectividad.
Las jornadas del sábado y el domingo posteriores se consagraron enteramente a clasificar
e inventariar. Comenzó una segunda fase. La energía inicial se transformó en procesos. La
emoción se tradujo en áreas de trabajo. La buena voluntad encontró una ruta. Desde el
agua potable y los alimentos no perecederos, hasta las medicinas, los insumos médicos,
los colchones y las herramientas de remoción de escombros; cada artículo requería, a la
manera de San Ignacio de Loyola, aquel modo y orden que permitiera que el bien se hiciera
bien, maximizando el alcance de cada donación. Este rigor se consolidó mediante la
creación de una plataforma digital propia, diseñada para la gestión y controles precisos de
inventarios y despachos.
Diez días después, al recibirse nuevos contenedores, la operación ya reflejaba la madurez
de la experiencia recién incorporada. La descarga se realizó con el apoyo de tres
montacargas y un equipo reducido de operadores. La cancha norte del Colegio San Ignacio
fue organizada con la precisión de un almacén técnico: avenidas trazadas en el suelo,
calles de distribución, paletas debidamente identificadas y zonas diferenciadas para
garantizar el flujo seguro y eficiente de los bienes. A la par, la infraestructura del colegio se
transformó por completo: un edificio se destinó exclusivamente al registro y control de los
insumos, mientras que en otro espacio se distribuyeron las estaciones para la
segmentación de los diferentes rubros y las áreas dedicadas a la validación, preparación y
despacho de los pedidos.
Pronto, la gestión del recinto terminó de adquirir la precisión de un engranaje vivo. Se
trazaron mapas internos, se definieron responsabilidades y la operación se dividió en
áreas críticas que requerían saberes específicos. La farmacia, por ejemplo, se erigió como
un espacio de rigurosidad médica, donde profesionales de la salud asumieron la tarea de
clasificar fármacos bajo estrictos criterios de seguridad. De igual manera, el área de
despacho vinculó cada salida de insumos a requerimientos previamente validados,
cuidando que la ayuda respondiera con exactitud a las necesidades censadas. Esta
cadena de acciones normadas encontró su soporte en la entrega devota de un cuerpo
sostenido de alrededor de 150 voluntarios diarios. La solidaridad se desplazó hacia la
constancia, que se traducía en la disposición callada a regresar al colegio cuando el
trabajo se volvía repetitivo y monótono. El músculo de esta respuesta civil se pone a
prueba en el oficio silencioso de contar cajas, verificar códigos y organizar inventarios bajo
una rutina invariable. Es la santidad del detalle puesta al servicio de la urgencia, sumada a
la responsabilidad asumida y sostenida por Jorge y Ana Teresa, como los fieles custodios
de un pacto de confianza; una tarea que les exigió velar no solo por el funcionamiento
fluido de cada eslabón logístico, sino por blindar la transparencia absoluta de los recursos
y garantizar que cada acción se tradujera en un alivio efectivo y oportuno para las vidas
más vulnerables.
Toda esta transformación no fue estrictamente logística; constituyó, en el fondo, un
profundo acto ético. En medio de la devastación, optimizar un proceso significa cuidar
mejor a quien lo ha perdido todo. Significa proteger el desgaste de los voluntarios, evitar el
extravío de los recursos y acelerar el viaje del agua, el medicamento o el alimento hacia la
familia desplazada, hacia la parroquia aislada en el litoral, hacia la comunidad que vio
disolverse sus medios de subsistencia.

Conocer por el nombre
La Compañía de Jesús no llegó a las comunidades afectadas como una institución que
descubre el territorio tras el desastre; ya habitaba en él. A través de la red de Fe y Alegría,
de sus parroquias, centros educativos, obras sociales y espacios de formación, esa
presencia histórica forma parte viva del tejido diario de los sectores que hoy requieren
auxilio. Es esa cercanía previa la que hace concreta la respuesta en el presente: se
acompaña a comunidades con rostro, historia y nombre propio. Quien acude hoy a recibir
un insumo puede ser la madre de un estudiante, el vecino de una barriada pastoral, un
trabajador escolar o una familia desplazada por el daño estructural de su vivienda;
personas de un entorno cercano que ven cómo se disuelve el mapa de sus afectos.
Esa memoria acumulada del territorio es la que permite reconocer, sin dilación, quién vive
solo, quién depende de un fármaco crónico o quién, por carecer de voz pública, necesita
ser visitado directamente en su vulnerabilidad. De este modo, la coordinación de las obras
de la Compañía, en articulación estrecha y activa con el clero de La Guaira y sus
comunidades parroquiales, garantiza que los despachos respondan a criterios de rigurosa
validación, buscando llegar allí donde la fragilidad es mayor. En paralelo, herramientas
como la plataforma web emergencia2026jesuitas.com permiten ampliar el alcance hacia
el público general, facilitando el registro de solicitudes externas y optimizando la
transparencia en la rendición de cuentas en tiempo real.
La necesidad en el terreno no disminuye; cambia de ritmo. La subsistencia diaria en los
sectores afectados sigue supeditada al acceso a agua potable, alimentos, medicinas,
higiene y soporte emocional. Una tragedia puede colocar a las personas en una situación
transitoria de vulnerabilidad, pero jamás debe arrebatarles su dignidad.
Por esta razón, el lenguaje y las categorías que empleamos importan. El término
«damnificado» reduce la complejidad humana a una masa anónima y pasiva. La realidad
exige hablar de familias afectadas en su singularidad: están quienes atraviesan un duelo
que no admite apremios; quienes viven el vértigo de haber sido desplazados sin saber si
podrán retornar a sus hogares; los niños que confunden cualquier sonido cotidiano con la
inminencia de una réplica; y las comunidades que deberán reconstruir no solo paredes,
sino rutinas y certezas básicas.
Acompañar implica descifrar esas diferencias. No todas las heridas son visibles ni todas
las necesidades caben en una caja de cartón. La intervención más digna es aquella que
atiende la urgencia inmediata sin anular la capacidad de la propia comunidad para
levantarse. Suministrar el sustento hoy es indispensable; trazar las condiciones para que
las personas recuperen su autonomía, su trabajo y su horizonte: es allí donde radica el
verdadero desafío. Cada despacho del Colegio San Ignacio no es un fin en sí mismo, sino
el primer tramo de un camino largo que va desde la supervivencia hacia la restitución de la
vida.
La vida que insiste
Estar presente se demuestra en la templanza de una permanencia que se proyecta en
frentes integrados que definirán las fases de reconstrucción que apenas están por venir.
Este horizonte de largo aliento exige mirar dimensiones complementarias: la
sismorresistencia física y social para que la reconstrucción futura no replique las
vulnerabilidades del pasado; la rehabilitación perentoria de la escuela, el centro de salud
o la parroquia para que vuelvan a erigirse como anclajes colectivos de estabilidad; y la
sanación del trauma comunitario, donde el acompañamiento psicológico y espiritual se
mantiene como una prioridad de dignidad humana para lograr que el temor no gobierne el
porvenir.
Las soluciones en medio de una crisis de esta magnitud no brotan de grandes
abstracciones, sino de una cadena ininterrumpida de presencias concretas. El pulso de
este esfuerzo nace del rescatista que agudiza el oído, del médico que atiende el dolor de
múltiples heridos, del farmacéutico que ordena y custodia el alivio, del ingeniero que
levanta escombros, del arquitecto que restaura hogares derruidos, del motorizado que
atraviesa la carretera fracturada, del líder que forma a su relevo, de la juventud que asume
la transformación en primera persona. Y nace también de una conmovedora transfiguración de los oficios diarios: es el taller de herrería que detiene su producción para forjar literas improvisadas; las manos de la
costurera que transforman textiles reciclados en colchonetas; el restaurante o el fogón
comunitario que cocina para cientos de almas; y el peluquero que acude a lavar cabezas
como un bálsamo de dignidad elemental. Es el milagro invisible de quien cuida y rescata a
las mascotas desamparadas, de quien monta un hospital de peluches para devolverle la
sonrisa a un niño, de quien entrega sus horas silenciosas en algún centro de acopio
clasificando pedidos, y de cada ciudadano que, con su dinero o sus insumos, sostiene la
resistencia del conjunto. Gestos innumerables de ingenio y compasión, testimonio de una
verdad humana incontestable.
La dignidad humana se protege mediante estos gestos precisos, cotidianos y rigurosos. No
siempre son épicos ni reclaman notoriedad, pero son los que sostienen el mundo cuando
el suelo se estremece.
Por su parte, la Compañía de Jesús y la comunidad ignaciana nos muestran que la
compasión, cuando se dota de método, orden y rigor técnico, se transforma en una
estructura de justicia. Un compromiso sereno que asegura que, en el largo invierno que
sucede al impacto, ninguna comunidad tendrá que caminar sola.
El subsuelo moral
Uno de los mayores peligros de toda tragedia es el olvido cronometrado. Al principio, el
estruendo y el dolor convocan las miradas; el país se estremece al unísono. Sin embargo,
los días transcurren, las portadas mediáticas cambian, la atención pública se desplaza
hacia nuevas urgencias y quienes lo perdieron todo empiezan a habitar una segunda e
intempestiva intemperie: el silencio. Sentirse solos cuando la emergencia ha dejado de ser
noticia es, quizás, la réplica más tardía y dolorosa del desastre.
En medio de una tierra temblorosa y un paisaje devastador, una fisonomía nueva viene
emergiendo vestida de juventud y coraje. Asistimos al despliegue inesperado de una
madurez temprana traducida en organización espontánea, discreta y profundamente
humana. Una juventud que se articula allí donde el dolor es más agudo y teje redes donde
el mapa parece fracturado nos permite asomarnos al contorno de un país resolutivo,
virtuoso y fraterno.
Al mirar al semejante en la fragilidad, estos jóvenes han comprendido, con una lucidez
extraordinaria, que saberse herederos de esta tierra pasa inexorablemente por no dejar
solo a quien ha quedado desamparado. Verlos hoy, todavía presentes cuando el cansancio
arrecia y la atención flaquea, es el testimonio más nítido de que son el presente rotundo y
el ancla que sostiene la dignidad del país.
A la Compañía de Jesús, desde su arraigo histórico en laderas y barriadas, le
encomendamos esas tareas que exceden lo inmediato. Son los depositarios de una
enorme responsabilidad civil: a su tradición le confiamos la paciencia histórica de
quedarse cuando las luces se apagan y las cámaras se retiran y de acompañar a estas
nuevas generaciones en la edificación de un paisaje de país que, en virtud de ellos, hoy
sabemos posible. Es una apelación a que su modo de proceder, de amor y servicio, sea el
guardián de ese horizonte de futuro, impidiendo que el cansancio o la inercia desatiendan
a los más vulnerables cuando llegue el silencio.
La reconstrucción física de la región central y costera tomará su propio curso de cemento y
sismorresistencia, pero levantar paredes es apenas la superficie de la tarea. No basta con
reparar un techo si no se atiende el miedo de la familia que dormirá debajo de él; no basta
con rehabilitar un aula si no se acompaña el trauma de los niños que regresan a ella con el
eco del temblor aún grabado en el cuerpo. Es allí donde la emergencia muta. Deja de ser
una vertiginosa ingeniería de acopio para convertirse en un oficio artesanal y paciente: la
rehabilitación social. Esta dimensión no se resuelve con dotaciones materiales ni se agota
en la reactivación económica. Sanar el subsuelo de una comunidad herida exige
acompañar los duelos lentos, restaurar los espacios integradores donde vuelve a circular
la palabra y devolverle a los sobrevivientes la certidumbre de que sus vidas siguen
importando.
Las cicatrices del sismo permanecerán grabadas en los muros agrietados y en la memoria
íntima de cada hogar. No existen frases fáciles que disminuyan el peso de las pérdidas ni
consuelos decretados que borren el dolor del desarraigo. Pero en medio de la fractura del
suelo venezolano, ha emergido con nitidez un subsuelo moral que sostiene la vida
mientras llega el porvenir. Se manifiesta en esa juventud que no se retira, en las redes
espontáneas que transformaron el desconcierto en organización y en cada ciudadano que
tendió la mano con el único fin de resguardar la dignidad ajena.
Y es que mirar el porvenir desde ese suelo moral pasa por entender que la reconstrucción
también nos convoca a sanar las heridas íntimas y a descifrar los aprendizajes del trauma,
transformando el peso de la adversidad en el cimiento de un mañana más consciente,
más compasivo y guiado por un propósito común.
Al final, después de que la tierra ruge, lo que queda en pie no es el concreto mejor
fraguado, sino la capacidad de reconocernos en el sufrimiento del otro. La solidaridad,
para ser verdaderamente humana, debe despojarse de la prisa y aprender el lenguaje de la
permanencia. Porque reconstruir un país no es simplemente levantar lo que ha caído, sino
comprometerse a cuidar, con método y con ternura, todo aquello que ha logrado
permanecer vivo.